No me des todo lo que pido. A veces sólo pido para ver hasta cuánto puedo recibir. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mi también, y yo no quiero hacerlo.
No me des siempre órdenes, si en vez de órdenes a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
Cumple tus promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo, pero también si es castigo házmelo cumplir.
No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o con mi hermana, si tu me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir, y si me haces lucir peor seré yo quien sufra.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer, decide y mantén esa decisión.
Déjame valerme por mí mismo, si tú haces todo por mí yo nunca podré aprender.
No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti, aunque sea para sacarte de apuros, me haces sentir tan mal y perder la fe en lo que me dices.
Cuando yo haga algo malo, no me exijas que te diga el “por qué”. A veces ni yo mismo lo sé.
Cuando estés equivocado en algo admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir mis equivocaciones también. Trátame con la misma amabilidad y cordialidad que tratas a tus amigos, ya que porque seamos familia no lo podamos ser también.
No me digas que haga una cosa si tú no la haces. Yo aprenderá y haré siempre lo que tu hagas, aunque tú no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.
Enséñame a amar y conocer a Dios, no importa si en el Colegio me quieren enseñar, porque de nada vale, si yo veo que tu ni conoces no amas a Dios.
Cuando te cuente un problema mío, no me digas: “No tengo tiempo para boberías” ó “eso no tiene importancia”; trata de comprenderme y ayudarme.
Quiéreme y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tu no creas necesario decírmelo.
Nadie encuentra lo que no está buscando. No es verdad que las cosas aparecen de pronto; que, sorpresivamente, cuando para la lluvia, vemos una hermosísima flor en el tallo en el que antes no había nada. Allí hubo, por lo menos, un capullo cerrado, algo que estaba por abrirse, por transformarse en flor…
Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre… los dos estaban buscándose. Por soledad. O por dolor. O por ganas de revivir la vida insuflándole oxígeno a los los pulmones. O porque sí. ¿Por qué explicarlo todo? ¿Por qué decir que la causa, el efecto, que la casualidad no existe, que…? Mejor pensemos que lo importante es que, cuando no hay alguien a nuestro lado, no hacemos tostadas (¿para mí solamente? (No…), no gastamos el frasco de perfume, duran menos las latas de atún y más las milanesas en el freezer, compramos con más nostalgia que alegría un ramito de flores para llevar a casa, y estrenamos muy pocas cosas. Se van yendo las ganas, como se va la luz, poquito a poco… Y la noche nos asesta su golpe con el recuerdo, nos envía sus fantasmas más tristes, sus sombras incansables e inclementes. La noche que no termina nunca, que crece, que atormenta, que entrevera nombres, que ronda, que agiganta las lágrimas hasta transformarlas en un océano. Estamos solos porque no hacemos una llamada. Porque no damos el paso que nos acerca.
Porque no decimos la primera palabra que se transforme en puente. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Por qué crees que vos y yo nos encontramos? ¿Desde dónde venías acercándote? ¿Desde cuándo yo esperaba que llegaras? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué crees que no te desviaste, con otro rumbo, que no fuiste más hacia el sur, o más al norte, o al otro lado del mar incalculable? ¿Por qué pensás que me detuve para que pudieras alcanzarme, extender las dos ramas de tus brazos, abarcarme con toda tu ternura como diciéndome “ahora ya no te parará nada malo, nada triste, nada cruel”; podes dejar de llorar, podes dormir con los ojos cerrados, mansamente y, al despertar, no estarás sola… Nunca más estarás sola. “¿Y yo estaré solo nunca más…?” ¿Por qué? Porque los dos estábamos buscándonos.
Porque desde aquella lejana, lejanísima primera vez que nos vimos, quedó un delgado, finísimo, invisible hilo uniéndonos… un hilo que nada puede cortar, un hilo que atraviesa paredes, muros, montañas… un hilo indestructible que no soltaste, que no solté, y que al fin volvió a reunirnos para que la historia termine su retrato, tal vez poniendo un poco menos de tonalidad en la paleta, o distintos colores y brillos, pero retornando a los dos mismos protagonistas.
Vos y yo.Regresando. Volviendo al paraíso prometido que salimos a buscar sin saber que lo teníamos tan cerca, debajo de los pies. Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre… los dos estaban buscándose. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Me entendés, ahora?